martes, 24 de febrero de 2026

Distancia (II)



¿Cuál es la distancia justa? ¿Cuánto de innecesaria es esta? Una vez más lo pienso cuando me asaltan las dudas sobre mis comentarios personales mezclados con las historias de los pacientes. En una cultura en la que las jerarquías y las atalayas se confunden con el prestigio, nadie cuestiona la profesionalidad de quien elige estar a años luz de las pacientes a las que atiende. Acaso se les reprocha cierta frialdad en el trato aunque  justificada en su buen hacer clínico. ¿Y es lo clínico el criterio que ampara y legitima todo lo demás? Puede. Al fin y al cabo estamos para curar en un mundo en el que casi nada, salvo las infecciones, es curable. ¿Cuánta salud hay en una confidencia compartida? ¿A cuánta distancia debe ponerse uno para que las confidencias se atrevan a atravesarla y no se diluyan sin llegar al destino?

Hay una distancia inmensa entre un centro de salud y la organización de servicios que lo ampara. Tan inmensa que se siente uno desamparado. Y el desamparo genera desafección. Y la desafección, silencio. Y solo queda el silencio y asentir, como si eso fuera todo. Y siendo todo, no es nada. No hay nada de distancia entre un centro de salud y su organización de servicios. Lo que viene a significar que no hay nada. Están en mundos diferentes, en dimensiones inencontrables.

Hay una distancia inmensa, otra, entre el centro de salud y la comunidad a la que atiende. Somos un elemento extraño inserto en una población que trabaja y vive en un entorno que influye en su estado de salud y del que somos ajenos. Llegamos, pasamos consulta y nos vamos. Nos comen los números y nos alejamos de las personas. Las narrativas del barrio, que se gentrifica y desaparece, como mucho hacen que nos encojamos de hombros. No es cosa nuestra. Lo comunitario se ciñe a actividades prefabricadas, estandarizadas e impersonales. Lo mismo aquí y allá. Hay distancia más amplia que el metro y medio de grosor del muro que nos separa del mundo que nos rodea. 

¿A qué distancia hay que ponerse para no quemarte? Te lo pregunto a ti, Asier. ¿La has encontrado ya? Nos movemos entre la auto protección gélida y el compromiso abrasador. ¿Podemos aspirar a considerarnos elementos de cambio o somos en cambio legitimadores de falsas promesas de los generadores de distancias? Sigo pensando en aquella conversación de la que nace esta entrada y desde entonces, las dudas han aumentado y las fuerzas para creer en las ilusiones que nos mueven parecen menguar.

Hay mucha distancia entre lo soñado y lo existente. 
¿Seguimos? Seguimos


"Poco me importa dónde rompa mi estación
si cuando rompe, está rompiendo lo imposible"

Canto Arena
Silvio Rodríguez





sábado, 24 de enero de 2026

PACTOS

“Aquí está el médico al que siempre veré como la persona que me dio esta mala noticia.” Después la disculpa y la broma para rebajar la intensidad de lo dicho. Hacía unas semanas que tras una serie de síntomas leves pero específicos se le había hecho una analítica urgente. Unos resultados negativos precipitaron la petición de más pruebas que llevaron al diagnóstico de una enfermedad fatal. La disculpa innecesaria tras la frase para aligerar el peso de la sentencia: "Perdóname, pero espero que entiendas con el sentido que lo digo"

La intensidad de determinadas situaciones en una profesión que se caracteriza por la posibilidad siempre presente de la aparición de situaciones intensas. Esa intensidad que muchas veces damos por descontada. Característica de la práctica clínica que por cotidiana o por la búsqueda de refugio emocional, queda demasiadas veces desvalorizada.

Veo la serie “The Pitt”. En su primera temporada, hay una escena en un box de un servicio de urgencias frenético y colapsado en la que muere un paciente. El jefe de la guardia, les enseña a los estudiantes, que cada vez que alguien muere, el personal guarda un momento de silencio delante del fallecido. Es un silencio del que podrían escribirse multitud de reflexiones, entre ellas, la de significar un momento grave, por profundo, único, nada puede serlo más que la muerte, y sentido. Un silencio que da significado y dota de unicidad a la situación. Un silencio que da valor a una situación relativamente cotidiana en la práctica médica, sobre todo de un servicio de urgencias hospitalarias. Un silencio que dice que no hay que huir sino quedarse.

No hay culpa, ni peso en la frase. Hay vínculo. Vínculo y pacto. Vínculo expresado en el significado de ser la persona que está presente en un momento importante, único, y profundo de la vida de alguien. Vínculo indisoluble.

Y pacto. El pacto implícito y explícito que desde que establecemos este vínculo, te acompañaremos, te cuidaremos, te ayudaremos y seremos depositarios de lo que tú decidas compartir con el equipo.

No hubo silencio en esa consulta. Hubo una conversación sentados en una camilla, uno junto al otro, notando el contacto de un brazo contra el otro. Un contacto físico a modo de firma de un pacto y un vínculo. 



"así que háblame de ti y no pares"

El camino de regreso
Ismael Serrano

sábado, 13 de mayo de 2023

Permiso

 Volver tras ausencias prolongadas lleva implícito una solicitud de permiso. Uno sabe que no vuelve allá donde lo dejó. Se vuelve a otro lugar, con otras intenciones, en otro momento o por una necesidad diferente. Se pide permiso cuando se vuelve tras el abandono. Una nueva vuelta de un nuevo abandono. Se pide permiso y se pretende que convalide como una disculpa. 

Entrar en la historia clínica es entrar en un territorio íntimo del paciente. Miramos, ordenamos, cerramos episodios y dejamos otros abiertos. Con cada decisión vamos modelando una patobiografía. Cerramos los episodios  banales para que no ocupen sitio en la pantalla y porque suponemos que tampoco han ocupado un espacio relevante en la vida de las personas. Cerramos y dejamos abiertos, sin permiso, definiendo una imagen al abrir la historia clínca que con otras decisiones otra sería.

Nos juntamos la enfermera y yo. Miramos las historias de pacientes con patológías crónicas. Pluripatológicos los llaman. Aquellos que necesitan más atención. Aquellos que a veces no la tienen. Aquellos que consumen y consumirán recursos sanitarios en el futuro. Seguimos listas de acciones, items y establecemos objetivos. El paciente no sabe nada. Sabrá. O no. "Tener que hacer" como forma de trabajo. Sin permiso. Más allá del "tiene que" hay un precipicio por el que se  caen valores, acciones e intenciones. Se salva con el permiso como puente. El puente del "le importaría si...." Que suena a pudor, respeto y disculpa por permitirnos entrar en la intimidad de sus vidas. 

viernes, 22 de enero de 2021

Tiempo de pandemia: Vacuna

 (Es tiempo de pandemia. Tiempo de emociones y miradas intensas. El único objetivo de estas entradas es el de satisfacer una necesidad que a veces calificaría de terapéutica. Reflexiones y opiniones que le vienen a uno a la cabeza cuando la cabeza no para)



Es época de doblar curvas. Doblar curvas
hasta cerrar el círculo. Cerrar el círculo para dejar dentro  todo lo vivido. 

Espero cerrar mi círculo pronto. Cerrar para no olvidar. Dejaré dentro el recuerdo de personas que ya no están porque no supimos, porque no sabíamos, ...de caras y miradas de miedo y preocupación. Dejaré la sensación extraña de estar separado del mundo por máscaras, pantallas, batas, doble guante. Dejaré la incomodidad apenas percibida, la concentración intensa en cada dato, en cada palabra, en cada forma de respirar. 

Dejaré cada historia escuchada, la de las pérdidas, la de las curaciones, la de las secuelas. Me seguiré sintiendo depositario de cansancios, dificultades para respirar, dolores musculares. Nunca más el 37 será un número inocente, lo recordaré como la frontera que hace saltar el sistema cuando se supera. Dejaré cada ocasión en la que a través  del teléfono me han preguntado que tal estaba, qué tal estaban los míos. Recordaré cada vez que me han dado ánimos, cada vez que me han dicho gracias, cada vez que me han dicho que las llamadas (esas a las que algunos no quieren dar valor) de cualquiera del equipo les aportaban tranquilidad y que les hacía sentirse cuidados. 

Dejaré angustias y sensaciones de falta da aire. No las que provoca el virus, sino las que aparecen cuando alguien cercano se tambalea, cuando el trabajo peligra, cuando el negocio cierra. Dejaré noches ajenas sin dormir, dejaré las noticias que se decide no ver, dejaré la fragilidad. Y dejaré la convicción de creer en una medicina que tiene que acoger  tanto a los relatos como a los datos. Porque estos meses lo han sido de relatos. 

Dentro del círculo quedará el equipo, aquel en el que trabajo habitualmente y los que circunstancialmente se crearon al principio de la pandemia. Y haré extensivo el concepto de equipo a aquellos que parecían estar en la periferia pero son esenciales: personal de limpieza, taxistas, policías, servicios municipales. Dejaré dentro a mis compañeras enfermeras que han trabajado y trabajado y trabajado. Y trabajado. Y dejaré la sensación de sentirme orgullosos de esos equipos y de estar en la atención primaria, la que no tiene fotos impactantes, la que no brilla, la que siempre está ahí.

Dejaré la confusión, el sentirme perdido, el miedo de no estar a la altura, el miedo de llevar el miedo a casa, el miedo de no contagiar a los míos, el miedo a no contagiarme. Dejaré los altibajos de ánimo, la irritabilidad, la frustración, la impotencia. Dejaré los comportamientos inaceptables y los ejemplares. Me quedaré con la experiencia de haber transitado territorios de mí mismo en los que nunca antes había estado.

Y una vez cerrado el círculo con todo eso dentro, lo guardaré en un lugar en el que pueda mirarlo de vez en cuando. Intentando recordar, intentando comprender, intentando no olvidar que somos vulnerables. Intentando vivir.

Hoy ha sido un primer paso. Espero que llegue pronto a todo el mundo. 

sábado, 18 de abril de 2020

Tiempo de pandemia: duelo

(Es tiempo de pandemia. Tiempo de emociones y miradas intensas. El único objetivo de estas entradas es el de satisfacer una necesidad que a veces calificaría de terapéutica. Reflexiones y opiniones que le vienen a uno a la cabeza cuando la cabeza no para)




Ya todo parece más tranquilo. Teléfono sin parar y vuelven las cosas de siempre, los motivos de consulta aplazados. Estos días pasados parecen lejanos y pienso que es el efecto de vivir entre dos mundos paralelos, los dos que empiezan a ser cotidianos aunque espero que no sea así por mucho tiempo.

Y entonces leo un nombre que ya no está aquí. Lo leo y el primer sentimiento es de desasosiego por volver a la prisa y la incertidumbre de días pasados. La familia quiere saber. Una familia que quiere saber, que no entiende, que necesita respuestas que yo no tengo. Hablo, y sobre todo, escucho. Escucho porque me doy cuenta de que es lo mejor que puedo hacer. "Aquello era un caos", me dicen, "no pudimos estar con él. Fue todo muy frío" Pienso en lo que me transmite ese tono de voz, en la lucha entre una correcta aceptación de las circunstancias y una acallada rebeldía. Una voz buscando culpables en un tiempo en el que todos eramos posibles víctimas.

"Todavía no nos han devuelto sus objetos personales" Y  me cuenta lo duro que es eso. Y me quedo con esa frase e intento imaginar cómo tiene que ser no tener vínculo con la persona amada que ya no está. Lo etéreo de la muerte, que se convierte en una idea abstracta aplicada a un ser querido. No ha habido una mano que agarrar, un último beso, un adiós entre lágrimas. No hay siquiera un ritual de despedida, un acompañamiento de abrazos y pésames, de esos que a veces nos incomodan pero que ahora se sienten necesarios.

Recuerdo a Joan Didion contando en El año del pensamiento mágico, como un año después de la muerte de su marido, sus trajes seguían en el armario. Porque deshacerse de ellos, era como deshacerse de la posibilidad de la vuelta. Una vuelta que no iba a ser, y una realidad pendiente de ser aceptada. Camino de casa pienso en el duelo. En un duelo distinto, de pérdidas inasibles, de tiempos marcados por la premura, el miedo y la incomprensión. De culpas soterradas y aceptaciones imposibles. Queda mucho de pandemia todavía.

lunes, 6 de abril de 2020

Tiempo de pandemia: distancia (I)

(Es tiempo de pandemia. Tiempo de emociones y miradas intensas. El único objetivo de estas entradas es el de satisfacer una necesidad que a veces calificaría de terapéutica. Reflexiones y opiniones que le vienen a uno a la cabeza cuando la cabeza no para)


Desde que comenzó el confinamiento, cuando voy a trabajar procuro aparcar un poco alejado del centro de trabajo. No a mucha distancia, nunca más de aproximadamente cien metros. A veces, al volver a casa hago lo mismo. Esa distancia, cuando termina la jornada,  la recorro despacio, disfrutando del aire fresco en la cara después de haber respirado largos ratos con la mascarilla puesta. Es la distancia que mas disfruto.

Hay otras distancias que no me gustan aunque sean ahora totalmente necesarias. La que tomo cuando ausculto, la justa que me permita hacerlo bien, pero ya sin poner la mano en el hombro del paciente como hacía algunas veces para intentar rebajar la tensión del momento.  La distancia brutal que supone hablarle a alguien parapetado tras una mascarilla, una pantalla protectora, unos guantes, una bata de plástico.. Mi postura calculada, de pie, las manos entrelazadas, intentando tocar solo lo imprescindible, emitiendo sonidos que intuyo un poco distorsionados. Una forma de atención despersonalizada y por ello mismo violenta que se intenta compensar con actitud amable y empática. Convierto la palabra en mi arma más eficaz para acortar esa distancia y confío en que se intuya mi sonrisa a veces en mi mirada.

Y están las distancias que acercan. Recibo mensajes de gente con la que hacía tiempo no hablaba, el contacto con la familia es más frecuente, incluso con la familia no tan cercana. Hablamos más entre vecinos, incluso de ventana a ventana, como antes, como toda la vida. Tengo la sensación de que las puertas están más abiertas, y que la distancia social recomendada acerca al mirarnos más a los ojos.

Hoy una amiga me preguntaba como lo llevo y me preguntaba si no decaía. Lo primero que me ha venido a la cabeza ha sido "distancia emocional". Como mecanismo de defensa. La jodida distancia emocional con la que lidiamos las personas que nos dedicamos a la sanidad. Toda mi carrera profesional con la duda de cuál será la distancia justa, la apropiada, la que haga que te sientan cercano, pero que no implique que te lleves los problemas de los pacientes contigo encima. La que pueda permitirte colgar junto con la bata todo lo emocional relacionado con mi trabajo. ¿Cómo de amplia o estrecha debería de ser esa distancia ahora? ¿Cómo se hace?

domingo, 5 de abril de 2020

Tiempo de pandemia: miedo

(Es tiempo de pandemia. Tiempo de emociones y miradas intensas. El único objetivo de estas entradas es el de satisfacer una necesidad que a veces calificaría de terapéutica. Reflexiones y opiniones que le vienen a uno a la cabeza cuando la cabeza no para)




Un día de estas semanas pasadas, el pequeño, que está en la edad de los últimos años de primaria, dijo en la cena que el se reía últimamente mucho porque estaba nervioso. No se si quiso decir que tenía miedo. Supongo que a los que tenemos hijos, de una cierta edad nos asaltan dudas similares acerca de cómo estarán interiorizando todo lo que supone caos, confusión, excepcionalidad, información,...Dicen que los niños se adaptan mejor y dicen que es porque no tienen costumbre de anticipar el futuro ni de hacer tantas inferencias como hacemos los adultos.

Tiendo en general a hacer comentarios graciosos aunque espero no ser el graciosillo. Estos días  eso se acompaña con una cierta tendencia a la verborrea cuando estoy en el trabajo y en las redes sociales, ...Será que soy como mi hijo, En casa no es así. Los días que tengo que trabajar viendo pacientes con sospecha de patología COVID estoy tenso y nervioso. No se si llamarlo miedo, creo que miedo no es pero por si acaso he aprendido algunos eufemismos o algunas alternativas para llamarlo: responsabilidad por hacer bien el trabajo, por intentar tener los protocolos importantes en la cabeza, por no exponerme demasiado al riesgo. También llamo al miedo precaución por no llevarme el virus a casa, por no caer enfermo....Hay miedo en casa por momentos. Un miedo controlado. Espero que ese miedo que dicen que a veces es bueno porque hace que vayas por la vida con más cuidado.

Veo miedo en las miradas de los pacientes cuando les dices que es conveniente que vayan al hospital. El hospital ahora mismo se ha convertido en la antesala de lo peor en el imaginario popular. Aparece el reparo a ir al lugar donde te puedes contagiar, cuando la sospecha razonada es que el virus ya está dentro de quien siente miedo a ir. Sabes que no es el miedo al  ya imposible contagio el que avala esa reticencia, es otro miedo. Hay que hacer mucha pedagogía y explicar que el hospital es el lugar donde se hará una valoración más profunda que la nosotros podemos hacer. Veo miedo asociado a la fragilidad y a la soledad. Miedo en miradas de personas que habrán pasado por situaciones malas y peores pero que ahora se sienten muy indefensas. La principal medicina que podemos aportar estos días son palabras de consuelo y comprensión. Y siempre palabras de ánimo, de esas que tienen valor y no son gratuitas. En tiempos de miedo las palabras de consuelo y ánimo son de prescripción obligatoria.




jueves, 2 de abril de 2020

Tiempo de pandemia: saturación

(Es tiempo de pandemia. Tiempo de emociones y miradas intensas. El único objetivo de estas entradas es el de satisfacer una necesidad que a veces calificaría de terapéutica. Reflexiones y opiniones que le vienen a uno a la cabeza cuando la cabeza no para)



Es muy poco el instrumental con el que trabajamos estos días:  el fonendoscopio, el tensiómetro y el pulsioxímetro. Esas y los datos que nos cuentan y los signos que vemos al explorar son las herramientas con las que vamos a trabajar en una de las mayores pandemias que han ocurrido en el mundo. Siempre buscamos datos, objetivos, no sujetos a interpretación, que nos orienten en la actitud que tomar. Ahora mismo la saturación de oxígeno en sangre, que es el dato que nos da el pulsioxímetro, es una de las claves. Es la cifra que esperamos con cierta inquietud cuando lo ponemos en el dedo del paciente. Va camino de convertirse en un icono

No se cómo se mide la saturación de los equipos con los que trabajo. Uno,  el de siempre, el del centro de salud, a los que echo de menos, y otro, el del equipo de atención especifico, por el que vamos rotando, y en el que nos vamos ensamblando enfermeras, médicos y personal no sanitario, y de mantenimiento (administrativos, personal de limpieza, ertzainas, taxistas, ..) Veo siempre caras sonrientes al empezar y satisfechas al terminar. Cansancio lógico y asumido. Conversaciones de anécdotas del día y esperanza en el futuro. Quizás en el centro de salud, les noto más cansados, están trabajando mermados de personal, quizás porque no les hacemos sentir lo importante que está siendo su labor de valoración telefónica para filtrar los pacientes que necesitan atención presencial. Pero en general, el pulsioxímetro da buenas cifras.

Saturación. Tres semanas semanas confinados, aislados,  expuestos a noticias negativas un día tras otro, preocupados por el futuro personal, en la salud y en lo económico. Tiempo de convivencia sin alternativa que según pasa el tiempo más difícil se hace sobrellevar. Estos días el alimento de  la paciencia es la esperanza, la necesidad de que todo el sacrificio tiene un sentido. Defendemos del virus nuestro territorio para dejarle sin espacio vital. Pero la saturación sube y en este caso, ese dato  es negativo. Pero hay que pensar en los pulsioxímetros, en que cada buena cifra, justifica todo el esfuerzo que hacemos.

miércoles, 1 de abril de 2020

Tiempo de pandemia: Decidir

(Es tiempo de pandemia. Tiempo de emociones y miradas intensas. El único objetivo de estas entradas es el de satisfacer una necesidad que a veces calificaría de terapéutica. Reflexiones y opiniones que le vienen a uno a la cabeza cuando la cabeza no para)



Me paso el día decidiendo. Y siempre he dicho que decidir es una de las cosas que más me cuesta. Decido por teléfono. Decido escudriñando lo que las personas me dicen por teléfono. Intento valorar cuánto de dato y cuánto de interpretación hay en ello. Me gustaría que todo fuera tan fácil como cumplimentar ítems de un formulario, pero no suele ser así. Decido mirando días de evolución, permanencia de los síntomas, valorando enfermedades previas....A veces agudizo el oído intentando percibir en el tono de voz o en el discurso fluido o entrecortado un matiz que me ayude. Decido cuándo le vamos a llamar de nuevo, o si voy a indicar que tiene que ser visto presencialmente porque el teléfono ya no nos vale. Decido qué palabras justas voy a utilizar para explicarle a alguien que igual tiene el virus, pero que igual no , pero que no se preocupe, pero que lo vamos hablando, ....

Decido sudando, con cierta dificultad para respirar y con las gafas de protección empañadas. Decido si mando a alguien al hospital o no. Intento decidir con los síntomas, los signos, el tiempo de evolución y con toda la incertidumbre con la que trabajo en mi ámbito. Busco patrones de decisión que estos días se construyen, se revisan y se perfeccionan según vamos sabiendo cosas. Cosas de lo macro (estudios clínicos, ensayos, decisiones epidemiológicas o de logística ) y cosas de lo micro (las impresiones personales, los detalles y hasta los trucos para realizar mejor nuestro trabajo) Decido si puedo aguantar a un paciente en su casa y hasta cuándo aguanto, que estos días es la duda existencial. Intento dejar fuera la presión de saber que el hospital está colapsado, que no hay camas en la uci, que el enfermo y la familia quiere evitar el hospital a toda costa, los "pero yo no me encuentro tan mal" que oigo, ...Ya decido, cojo aire y voy a atender al siguiente.

Decido qué leo de todos los mensajes que me llegan, de todas las noticias que se publican. Decido cuál es el último protocolo, decido guiarme por el de mi equipo, y desecho otros aunque sean más bonitos. Decido aislarme del exceso de información porque es cierto que el exceso de información bloquea. Me quedo con las herramientas mentales necesarias e imprescindibles. Intento simplificar porque nada va a ser sencillo. Decido mis herramientas emocionales. Decido estar concentrado, cerrar la puerta a determinados pensamientos. Decido saludar con buen ánimo cuando entro a trabajar, y recordar de alguna manera a las personas con las que trabajo que somos un equipo.

Llego a casa. Decido si me tomo un agua con gas o una cerveza sin alcohol. Decido sentir que me lo he ganado.

martes, 31 de marzo de 2020

Tiempo de pandemia: Coche

(Es tiempo de pandemia. Tiempo de emociones y miradas intensas. El único objetivo de estas entradas es el de satisfacer una necesidad que a veces calificaría de terapéutica. Reflexiones y opiniones que le vienen a uno a la cabeza cuando la cabeza no para)



Cada día subo a mi cápsula espacial y me lanzo a viajar por el espacio. Mi coche es la interfaz entre el mundo confinado y el mundo esencial. Dos mundos entre los que paso los días. Por las ventanas veo el espacio vacío, personas solitarias que deambulan por la calle, generalmente con una bolsa de compras o con un perro. A veces miro a otros coches de reojo. Veo conductores con la mascarilla puesta mientras conduce. ¿Se protegerán de ellos mismos?

Me suelen parar en un control policial. A la salida o a la entrada del pueblo del que salgo o del pueblo en el que entro. Enseño con cierto orgullo la tarjeta que me abre todas las puertas y me dan ganas de guiñar el ojo en plan "estamos juntos en esto". Nunca los controles de policía me habían puesto menos nervioso.

Voy y vengo en mi espacio de descompresión. Cuando voy, anticipo, me tenso, recuerdo lo que toca hacer, y podríamos decir que algo así como rezo para que todo vaya bien. Cuando vuelvo, desparramo dentro de él mi estado de animo. Repaso la jornada, noto esa leve falta de aire que desde hace días atribuyo a la ansiedad, y según haya ido el día, me siento contento, cansado, neutro o invadido por la confusión.

Voy y vengo por alguno de los dos o tres caminos que son razonables para realizar el trayecto. Los elijo sobre la marcha. A veces tengo tentaciones de alargar el camino aprovechando mi salvoconducto y observar la ciudad vacía. Como si quisiera dejar impresa en la memoria cada detalle de lo que está pasando. Pienso que si lo hago, será algo que reste y no que sume y desecho la idea.

Mi primer día fuera de mi consulta iba al nuevo destino envuelto en una densa niebla, Solo, despacio y muy atento. Cuando me veo en esas, recuerdo esos relatos en los que alguien se ve inmerso en una niebla y al salir está en otro lugar y en otro tiempo. Salí de la niebla y seguía en este mundo y en este tiempo. Aunque todo lo demás seguía pareciendo irreal.

lunes, 30 de marzo de 2020

Tiempo de pandemia: Contagio

(Es tiempo de pandemia. Tiempo de emociones y miradas intensas. El único objetivo de estas entradas es el de satisfacer una necesidad que a veces calificaría de terapéutica. Reflexiones y opiniones que le vienen a uno a la cabeza cuando la cabeza no para)



Dos semanas de confinamiento y siguen subiendo los casos nuevos. ¿De dónde salen? ¿Son los que no hacían las medidas de autoprotección de manera adecuada? ¿Son los convivientes? ¿Quienes son los casos nuevos? ¿Por qué no paran? ¿Siguen los contagios?

Mantengo "la estructura semanal" con cierta normalidad y hoy lunes toca trabajar. Siguen dando pereza los lunes. Mi pereza hoy es más acusada porque se acompaña de intranquilidad. Mi preocupación por no contagiarme va ganando terreno. Se alterna con pensamientos a veces un poco paranoicos. ¿me habré contagiado ya y seré de los casos asintomáticos? ¿Seré mejor de lo que creo protegiéndome? ¿o es todo una cuestión de azar?

Compañeros en cuarentena que te cuentan que lo pasan mal por no estar al pie del cañón encontrándose bien. También te lo cuentan compañeros que son positivos  (otra vez la nueva taxonomía en el sistema sanitario). Y los demás desarrollando sentimientos y sensaciones encontradas respecto al deseo de no ser contagiado o viceversa. Y viceversa es lo que significa. La mente humana a veces deja hueco a razonamientos lógicos pero terribles.

Lunes y trabajo implican menos tiempo en casa y menos exposición a noticias y mensajes. Esos que también se viralizan y contagian. De momento contagian inquietud y preocupación. El paso de los días acrecienta la necesidad de que lo que se contagie sea la esperanza. O por lo menos alguna noticia que le de un poco de sentido a todo lo que se está haciendo.

domingo, 29 de marzo de 2020

Tiempo de pandemia: Trazabilidad

(Es tiempo de pandemia. Tiempo de emociones y miradas intensas. El único objetivo de estas entradas es el de satisfacer una necesidad que a veces calificaría de terapéutica. Reflexiones y opiniones que le vienen a uno a la cabeza cuando la cabeza no para)



Alguien, hace la trazabilidad de mi labor asistencial estos días. Lo sé porque he recibido un correo y una llamada en los que se me informa de número de pacientes con los que he estado en contacto y que tienen una prueba de detección de COVID positiva. Me lo dicen a efectos informativos, porque de ello, hasta el momento no se ha derivado ninguna decisión salvo la de que siga trabajando.

No sé si se hacen otras "trazabilidades", aparte de la mía, y la del virus y los contactos posibles. No sé si se hace la trazabilidad del material de protección o diagnóstico que se dice comprado y que no llega, la de las empresas de China, con las que se acuerdan estas cosas o, al menos, si se hace la trazabilidad del recorrido por las neuronas del impulso nervioso que se concreta en una decisión o declaración de las personas que dirigen ésto.

Ahora, cada vez que voy a un domicilio, con mi bata de papel, mi delantal de plástico o mi mascarilla reutilizada, siento que no estoy solo. Y no me refiero a la (imprescindible y siempre necesaria) enfermera que me acompaña. Me refiero a la sensación de que alguien en los próximos días hará una línea imaginaria que irá esquivando o no puntos rojos. Esperaré una llamada en los próximos días para que pueda actualizar mi contador.

Mientras tanto, espero no tener que quedarme mucho tiempo en casa para no ser consciente de estar expuesto a la estupidez e hipocresía que la trazabilidad de acciones y decisiones de algunos de quienes están al mando dibuja a lo largo de los días.

sábado, 28 de marzo de 2020

Tiempo de pandemia: Soledad

(Es tiempo de pandemia. Tiempo de emociones y miradas intensas. El único objetivo de estas entradas es el de satisfacer una necesidad que a veces calificaría de terapéutica. Reflexiones y opiniones que le vienen a uno a la cabeza cuando la cabeza no para)



Me estoy acostumbrando a ver la soledad. La veo en las calles vacías, sintiendo la fascinación de estar viviendo días excepcionales y siento más de una vez la atracción de alargar mi vuelta a casa pasando por las principales calles de la ciudad y observarla quieta, vacía, solitaria. No lo hago, por la prudencia y la responsabilidad del comportamiento cívico que debo tener, pero sobre todo, no lo hago por evitar la tristeza de la soledad no buscada.

Veo soledad en esas filas que esperan para entrar al supermercado, personas guardando distancia entre ellas, mirando a un lado y a otro, queriendo tender puentes con el desconocido que le precede, buscando un poco de alivio y consuelo. Recuerdo cuando acompañaba a mi madre a hacer las compras al mercado y me enfadaba porque se paraba en todas partes con las vecinas para hablar. No comprendía, y lo comprendo ahora, lo importante que es el encuentro con el otro en las costumbres tan cotidianas como esperar turno en la frutería, o en la cola del supermercado.

Soledad en las casas que visito. Matrimonios mayores, confusos, apurados porque no pueden contar con el apoyo de sus hijos ante la avalancha de información que reciben Personas mayores, que viven solas, y que se apoyan en sus cuidadores, que sin vínculo familiar, llevan a cabo un trabajo que traspasa los limites de una relación contractual.

Siento la soledad en mí. Me siento solo en mis preocupaciones porque algunas no puedo compartirlas en cualquier ámbito. Soledad en el miedo a exponerme demasiado, en la sensación de no estar a la altura, soledad en la duda cuando el protocolo no es suficiente. Soledad íntima, inevitable y efímera,  mitigada por familia, compañeros, amigos y pacientes. Cada "cuídate mucho" que oigo al otro lado del teléfono es lo que me da ánimo y lo que establece el vinculo.


viernes, 27 de marzo de 2020

Tiempo de pandemia: Prisas

(Es tiempo de pandemia. Tiempo de emociones y miradas intensas. El único objetivo de estas entradas es el de satisfacer una necesidad que a veces calificaría de terapéutica. Reflexiones y opiniones que le vienen a uno a la cabeza cuando la cabeza no para)



Hay poco tráfico estos días en la carretera. Algunos coches, camiones y furgonetas con logotipos de empresas de mantenimiento, construcción, fontanería....Estos días no tengo prisa. Como no hay atascos, salgo más tarde que nunca y llego tan pronto como acostumbraba. Llego a las rotondas donde suelo parar y ceder el paso y ahora tengo vía libre. Aun así, todos los días hay algún coche que me adelanta a bastante velocidad, como si fuera con prisas. Miro el salpicadero del coche y soy consciente de que voy despacio, como si no tuviera prisa por llegar al destino. El destino no es tan incierto como dicen. Tras mi viaje tranquilo me esperan decenas de llamadas, valoraciones clínicas, explicaciones, recomendaciones, cuidados, Voy despacio.

Y otros van con prisas. ¿Quién puede tener prisa en los días en los que todo está parado? ¿Nos quitaremos la prisa a partir de ahora? ¿Será otra la escala de valores? 

Salgo de la burbuja del mundo  y entro en el centro de salud. Dentro el tiempo no está detenido y vuelven las prisas y la premura.. Prisa por acometer las llamadas, por ir borrando nombres del ordenador, por ir comprobando que nadie está ya en lo inevitable. La lista de llamadas por hacer es engañosa,  parece que disminuye, y en algún momento de la mañana vuelve a alargarse. Como el virus que parece que no tiene prisa, hasta que llega un punto en el que todo se acelera, y lo que era
contención y vigilancia pasa a ser prisa.

Prisa porque todo termine, siendo consciente de que todavía queda. Prisa por volver a tener prisa.

sábado, 14 de marzo de 2020

Las barreras y el arte.


De todo lo visto esta semana me quedo con el momento en que un padre y su hija entraron a la consulta el otro día.
El es sordomudo, y ella hace de interprete. Tiene siete años.
En uno de los lugares que él frecuenta ha habido alguna persona con un diagnostico de infección por coronavirus. El no sabe si le han llamado o  le han notificado algo porque su deficiencia auditiva y verbal provoca que a veces se pierda llamadas. Todo ello me lo traduce Emma, la niña (de nombre ficticio).
Tras una llamada telefónica y después de una respuesta, amable, empática y resolutiva, la duda queda resuelta. No hay riesgo, Todo en orden. Entonces Emma fija su mirada en la mesa y me pregunta qué le puede pasar a ella si coge el virus. Su padre se da cuenta del momento y le dice a través de los gestos, que no llore, Ella no llora pero me mira, y por un momento, la niña deja de ser la adulta que ha sido y vuelve a ser una niña, Es una mirada con miedo, el miedo más autentico que he visto estos días. Un miedo inocente y desinteresado. Intento explicar, calmar, tranquilizar, y no se si hablarle a la niña o la adulta, No se si se tranquiliza pero desvía la mirada y me pregunta por unos post its de colores que tengo encima de la mesa. "¿Para qué sirve eso?" "Para apaciguar el miedo" pienso. Y se los regalo, Sonríe y me da las gracias varias veces y abandonan la consulta, más tranquilos de lo que han entrado.

Leo en casa La ciudad solitaria, de Olivia Laing, En el tercer capítulo habla de la soledad que puede provocar el lenguaje. Lo hace contando la historia de Andy Warhol, de su infancia, del origen de su familia eslovaca. La barrera del lenguaje que causa a veces vergüenza por sentirse excluido de la sociedad en la que vives. La barrea que incita a la soledad y la soledad que incita a vencer la barrera de la incomunicación buscando otros modos de expresarse. En el caso de Warhol fue el arte. Cuando leo me acuerdo de Emma y de su padre. Espero que en estos momentos donde los códigos y las normas sociales han cambiado radicalmente no se sientan demasiado solos e incomunicados.

Y pienso como tres mundos separados al inicio de ese momento, el sistema, la infancia y la deficiencia sensorial y física, han conseguido conectar y comunicarse. Gracias al arte de Emma, claro.

domingo, 27 de octubre de 2019

El médico artesano




Dice Richard Sennett  que el artesano explora las dimensiones de habilidad, compromiso y juicio de una manera particular. Y pienso que me gustaría ser un médico artesano. Que mi habilidad, mi compromiso y mi juicio se perfeccionaran cada día en cada problema de salud que me plantearan mis pacientes. Que a mi trabajo lo guiara el compromiso por hacer una medicina de calidad, fundamentada en el conocimiento científico, en el respeto que produce entrar en la intimidad de personas que depositan su incertidumbre, miedo, confianza y esperanza en mí, en el interés en los detalles, en escuchar cada palabra sin que todo lo empape la ansiedad de la búsqueda del dato. Pero no es fácil.

Dice más cosas Sennet, cita a C. Wright Mills que escribe: "El trabajador  con sentido artesanal se compromete en el trabajo por el trabajo mismo;las satisfacciones derivadas del trabajo cotidiano se conectan con el producto final; el trabajador puede controlar sus acciones en el trabajo: la habilidad se desarrolla con el proceso del trabajo; el trabajo se relaciona con la libertad para experimentar; por último, en el trabajo artesanal, familia, comunidad y política se miden en función de los patrones de satisfacción interior, de coherencia y de experimentación"

Pienso que también hay una medicina artesana que pretende hacer un sistema sanitario sostenible, con el respeto a los valores que lo crearon: accesibilidad, equidad, solidaridad, y el cuidado de lo común. Quiero pensar que en algún lugar hay un espacio para pensar y sentir lo que hacemos y para sentir la satisfacción del trabajo bien hecho.

Habla Sennet también del conflicto de patrones entre un trabajo artesanal y un trabajo medido en estándares de calidad y eficiencia y del debilitamiento de la motivación que dicho conflicto acarrea.

Se pregunta uno muchas veces en qué momento pasó de ser médico a ser un gestor de enfermedades y en qué cruce de caminos empezó la medicina a perderse en el laberinto de los formularios y los protocolos. Se pregunta uno si la solución no sería volver a ser médicos artesanos.

sábado, 29 de septiembre de 2018

Los platos

Mi papel era el de ser testigo de la conversación. La hija decía que no entendía por qué tenía los platos guardados en un lugar que le obligaba a ponerse de puntillas y estirar el brazo para cogerlos. Ella reconocía que era posible que eso hiciera que le dolieran más los hombros, ,pero que tenía que hacer las cosas de casa.

-"Entonces habrá que cambiar los platos de sitio para que puedas cogerlos mejor, ¿no?", apuntaba la hija, con un tono que delataba que no era la primera vez que hacía esa propuesta.

Ella, se giró hacía mí, con la intención de darme el dato clave: "Antes, era él quien me cogía los platos cuando se lo pedía"

Pero él hace unos meses que ya no está.

Cuenta Joan Didion en El año del pensamiento mágico, que meses después de que su marido falleciera por causa de un infarto, seguía teniendo sus trajes en el armario y sus objetos personales en el dormitorio tal y como estaban hasta la noche que se lo llevó la ambulancia de casa al hospital. Explica que no era el dolor de los recuerdos lo que le impedía deshacerse de ellos. Mientras estaban allí, intactos, tenía la sensación de que nada de todo aquello había pasado. Tenia, de alguna manera, la sensación de que él no se había ido y la esperanza de que iba a volver en cualquier momento. Recoger los objetos personales y sus trajes era eliminar esa (ficticia) posibilidad de la vuelta, traicionarle, y cerrar definitivamente una puerta. 




jueves, 4 de enero de 2018

El post no escrito.

Todos los días de 2018 se me ocurre un post para escribir en este blog. Cada día se me ocurre uno distinto, hablando de lo mismo pero de formas diferentes. Se me ocurren durante el trayecto que hago en el coche de casa al trabajo o del trabajo a casa. Se me ocurren a veces cuando voy con prisas (de momento en el trabajo este año todos los días todo es con prisas) o cuando dejo un minuto entre paciente y paciente para resoplar y coger aire.

Ninguno de los que se me ocurren me acaban de convencer del todo. Bien sea por la autocensura, por no escribir desde el cansancio y el enfado o por creer que no merece la pena, cada día cada post pasa de largo y se pierde en dónde sea.


Cada año todo es un poco peor y cada año las razones son más etéreas e impersonales. No existe la responsabilidad concreta, todo se enmaraña en razones sociológicas y organizativas varias. Se dice que se sabe, que se tiene en cuenta, se deslegitiman razones y quejas, se dice que se utiliza la anécdota para definir generalidades, y cuando la tensión sube se apela a razones monetarias.  


Cuatro de Enero. Pienso que el enemigo está en casa. Lo se cuando miro y no lo veo. Lo se cuando se nota la ausencia y lo imagino, en el mejor de los casos, sentado en una mesa y cruzando los dedos para que todo pase cuanto antes. Y luego, dentro de unos días, recibiré un correo electrónico, compungido, agradeciendo los servicios prestados y haciéndome saber la solidaridad con mi cansancio y malestar. Será esa la señal que indique que dejamos de ser mercenarios de la salud y volvemos a ser ejecutores de planes, innovadores y salvadores, que eleven la calidad de la atención a la ciudadanía. 

Todos los días se me ocurre un post  Hoy tampoco lo escribiré. Lo dejaré pasar. Y cruzaré los dedos para que hoy tampoco haya pasado nada irreparable.

jueves, 30 de noviembre de 2017

Ahora lo entiendo mejor



"Ahora lo entiendo mejor" Mirando los garabatos hechos torpemente en la hoja en blanco no tenía yo muy claro que de allí se pudiera sacar nada en claro. Pero el caso es que bien porque la explicación le había permitido ordenar ideas o porque los dibujos eran feos pero didácticos decidió que sí, que operarse era la mejor opción. En pocos minutos hablamos de la sorpresa que sintió cuando le dijeron que tenía que operarse e ir pensando en la jubilación anticipada. Hay sorpresas que noquean. Las manos manchadas de la grasa del taller, imposible de quitar ni con jabón ni con serrín y agua como se hacía hace años. Lo que soy siempre ha sido lo que he trabajado y ahora, en un minuto me dicen que cierre, que vaya pensando en no volver. Desde que era un chaval. Y cuando se dio cuenta del silencio y levantó la mirada se encontró con una mirada impaciente detrás de la mesa. Dijo que operar no. Pero en casa le dijeron que se lo pensara, que lo consultara aquí, que igual hablando conmigo....Y lo miro. Lo miro desde un lugar ajeno a esa consulta e intento comprender todo lo que conlleva para  él esa decisión. "¿Y cómo ves dejar el trabajo ahora? ¿En qué ocuparías los días? ¿Qué te gusta hacer?" Me dice su mujer que a ver que va a hacer ella con él en casa todo el día. Y ahora son sus ojos los que miran a algún lugar en un futuro en  el que no quiere estar.
No hay mucho en su historial médico. No suele ir al médico. ¿Y para qué? ^¿Para que le digan que ya no vale? "Entonces pido cita otra vez y le digo que lo he pensado y que he decidido operarme. ¿no?"

sábado, 11 de noviembre de 2017

La recaída

Me avisó su marido un día que vino a la consulta:
-Dice mi mujer que tiene que volver. Que no se le olvida, pero que no encuentra el momento.
-Dile que esté tranquila. le contesté, y que aquí le espero. Que baje cuando quiera. Sin problema.
Y en ese breve intercambio de frases quedaba expuesto el problema.

Maite estuvo acudiendo a la consulta durante un tiempo con el objetivo de bajar peso. En unos meses consiguió perder más de 12 kilos. Vivió contenta el proceso, ganó en confianza, autoestima, y aunque lo sabía tampoco parecía que para ella era lo más importante, en salud.
Las visitas eran breves: pesar, confirmar la buena evolución, algún que otro refuerzo positivo y estrategia para posibles dificultades futuras. Y hablar un poco de la vida. de su vida. Durante ese tiempo y en esas periódicas consultas. nos fuimos conociendo.

Perdió peso, su tensión arterial se normalizó, y espaciamos las visitas. Tanto las espaciamos que dejo de venir. Intuía yo un cierto agotamiento del proceso. Por un lado la bascula se estancó. Por otro, y esto era un pensamiento mío personal, se deslizaban una cierta sensación de que no todos los problemas se iban resolviendo según los kilos desaparecían. Llego época de vacaciones. Cierto acomodamiento mutuo.Fueran esas u otras las razones, Maite ya no volvió.

Ahora su marido me anunciaba el regreso e imaginaba a Maite con una mezcla de apuro, falta de confianza, incluso vergüenza, posponiendo con mil y una excusas la posibilidad de volver a la consulta. Si la idea era trabajar para perder peso, el problema no sería saber que hacer para conseguirlo. Trabajar esa sensación de culpa y derrota se convertía en la clave para volver a retomar una vida saludable.

Cada vez que perdemos el hilo de un trabajo de superación personal tendemos a vivirlo acompañado de una sensación de fracaso. Nos fijamos en el "otra vez no fui capaz" y no en el "durante un tiempo, lo conseguí" Recaer es algo consustancial a la vida, es parte de un proceso.Retomar los buenos hábitos aprovechando la experiencia del camino recorrido es un reto motivador. Porque "como pude, podré, y además soy más sabia."
Si algún día Maite aparece por consulta, tendremos que ser capaces de convencerla de ello.