martes, 24 de febrero de 2026
Distancia (II)
sábado, 24 de enero de 2026
PACTOS
“Aquí está el médico al que siempre veré como la persona que
me dio esta mala noticia.” Después la disculpa y la broma para rebajar la
intensidad de lo dicho. Hacía unas semanas que tras una serie de síntomas leves
pero específicos se le había hecho una analítica urgente. Unos resultados
negativos precipitaron la petición de más pruebas que llevaron
al diagnóstico de una enfermedad fatal. La disculpa innecesaria tras la frase para
aligerar el peso de la sentencia: "Perdóname, pero espero que entiendas con el sentido que lo digo"
La intensidad de determinadas situaciones en una profesión que se caracteriza por la posibilidad siempre presente de la aparición de situaciones intensas. Esa intensidad que muchas veces damos por descontada. Característica de la práctica clínica que por cotidiana o por la búsqueda de refugio emocional, queda demasiadas veces desvalorizada.
Veo la serie “The Pitt”. En su primera temporada, hay una
escena en un box de un servicio de
urgencias frenético y colapsado en la que muere un paciente. El jefe de la guardia, les enseña
a los estudiantes, que cada vez que alguien muere, el personal guarda un
momento de silencio delante del fallecido. Es un silencio del que podrían
escribirse multitud de reflexiones, entre ellas, la de significar un momento grave,
por profundo, único, nada puede serlo más que la muerte, y sentido. Un silencio
que da significado y dota de unicidad a la situación. Un silencio que da valor
a una situación relativamente cotidiana en la práctica médica, sobre todo de un
servicio de urgencias hospitalarias. Un silencio que dice que no hay que huir
sino quedarse.
No hay culpa, ni peso en la frase. Hay vínculo. Vínculo y
pacto. Vínculo expresado en el significado de ser la persona que está presente
en un momento importante, único, y profundo de la vida de alguien. Vínculo
indisoluble.
Y pacto. El pacto implícito y explícito que desde que
establecemos este vínculo, te acompañaremos, te cuidaremos, te ayudaremos y seremos
depositarios de lo que tú decidas compartir con el equipo.
No hubo silencio en esa consulta. Hubo una conversación
sentados en una camilla, uno junto al otro, notando el contacto de un brazo
contra el otro. Un contacto físico a modo de firma de un pacto y un vínculo.
sábado, 13 de mayo de 2023
Permiso
Entrar en la historia clínica es entrar en un territorio íntimo del paciente. Miramos, ordenamos, cerramos episodios y dejamos otros abiertos. Con cada decisión vamos modelando una patobiografía. Cerramos los episodios banales para que no ocupen sitio en la pantalla y porque suponemos que tampoco han ocupado un espacio relevante en la vida de las personas. Cerramos y dejamos abiertos, sin permiso, definiendo una imagen al abrir la historia clínca que con otras decisiones otra sería.
Nos juntamos la enfermera y yo. Miramos las historias de pacientes con patológías crónicas. Pluripatológicos los llaman. Aquellos que necesitan más atención. Aquellos que a veces no la tienen. Aquellos que consumen y consumirán recursos sanitarios en el futuro. Seguimos listas de acciones, items y establecemos objetivos. El paciente no sabe nada. Sabrá. O no. "Tener que hacer" como forma de trabajo. Sin permiso. Más allá del "tiene que" hay un precipicio por el que se caen valores, acciones e intenciones. Se salva con el permiso como puente. El puente del "le importaría si...." Que suena a pudor, respeto y disculpa por permitirnos entrar en la intimidad de sus vidas.
viernes, 22 de enero de 2021
Tiempo de pandemia: Vacuna
(Es tiempo de pandemia. Tiempo de emociones y miradas intensas. El único objetivo de estas entradas es el de satisfacer una necesidad que a veces calificaría de terapéutica. Reflexiones y opiniones que le vienen a uno a la cabeza cuando la cabeza no para)
hasta cerrar el círculo. Cerrar el círculo para dejar dentro todo lo vivido.
Espero cerrar mi círculo pronto. Cerrar para no olvidar. Dejaré dentro el recuerdo de personas que ya no están porque no supimos, porque no sabíamos, ...de caras y miradas de miedo y preocupación. Dejaré la sensación extraña de estar separado del mundo por máscaras, pantallas, batas, doble guante. Dejaré la incomodidad apenas percibida, la concentración intensa en cada dato, en cada palabra, en cada forma de respirar.
Dejaré cada historia escuchada, la de las pérdidas, la de las curaciones, la de las secuelas. Me seguiré sintiendo depositario de cansancios, dificultades para respirar, dolores musculares. Nunca más el 37 será un número inocente, lo recordaré como la frontera que hace saltar el sistema cuando se supera. Dejaré cada ocasión en la que a través del teléfono me han preguntado que tal estaba, qué tal estaban los míos. Recordaré cada vez que me han dado ánimos, cada vez que me han dicho gracias, cada vez que me han dicho que las llamadas (esas a las que algunos no quieren dar valor) de cualquiera del equipo les aportaban tranquilidad y que les hacía sentirse cuidados.
Dejaré angustias y sensaciones de falta da aire. No las que provoca el virus, sino las que aparecen cuando alguien cercano se tambalea, cuando el trabajo peligra, cuando el negocio cierra. Dejaré noches ajenas sin dormir, dejaré las noticias que se decide no ver, dejaré la fragilidad. Y dejaré la convicción de creer en una medicina que tiene que acoger tanto a los relatos como a los datos. Porque estos meses lo han sido de relatos.
Dentro del círculo quedará el equipo, aquel en el que trabajo habitualmente y los que circunstancialmente se crearon al principio de la pandemia. Y haré extensivo el concepto de equipo a aquellos que parecían estar en la periferia pero son esenciales: personal de limpieza, taxistas, policías, servicios municipales. Dejaré dentro a mis compañeras enfermeras que han trabajado y trabajado y trabajado. Y trabajado. Y dejaré la sensación de sentirme orgullosos de esos equipos y de estar en la atención primaria, la que no tiene fotos impactantes, la que no brilla, la que siempre está ahí.
Dejaré la confusión, el sentirme perdido, el miedo de no estar a la altura, el miedo de llevar el miedo a casa, el miedo de no contagiar a los míos, el miedo a no contagiarme. Dejaré los altibajos de ánimo, la irritabilidad, la frustración, la impotencia. Dejaré los comportamientos inaceptables y los ejemplares. Me quedaré con la experiencia de haber transitado territorios de mí mismo en los que nunca antes había estado.
Y una vez cerrado el círculo con todo eso dentro, lo guardaré en un lugar en el que pueda mirarlo de vez en cuando. Intentando recordar, intentando comprender, intentando no olvidar que somos vulnerables. Intentando vivir.
Hoy ha sido un primer paso. Espero que llegue pronto a todo el mundo.
sábado, 18 de abril de 2020
Tiempo de pandemia: duelo
Ya todo parece más tranquilo. Teléfono sin parar y vuelven las cosas de siempre, los motivos de consulta aplazados. Estos días pasados parecen lejanos y pienso que es el efecto de vivir entre dos mundos paralelos, los dos que empiezan a ser cotidianos aunque espero que no sea así por mucho tiempo.Y entonces leo un nombre que ya no está aquí. Lo leo y el primer sentimiento es de desasosiego por volver a la prisa y la incertidumbre de días pasados. La familia quiere saber. Una familia que quiere saber, que no entiende, que necesita respuestas que yo no tengo. Hablo, y sobre todo, escucho. Escucho porque me doy cuenta de que es lo mejor que puedo hacer. "Aquello era un caos", me dicen, "no pudimos estar con él. Fue todo muy frío" Pienso en lo que me transmite ese tono de voz, en la lucha entre una correcta aceptación de las circunstancias y una acallada rebeldía. Una voz buscando culpables en un tiempo en el que todos eramos posibles víctimas.
"Todavía no nos han devuelto sus objetos personales" Y me cuenta lo duro que es eso. Y me quedo con esa frase e intento imaginar cómo tiene que ser no tener vínculo con la persona amada que ya no está. Lo etéreo de la muerte, que se convierte en una idea abstracta aplicada a un ser querido. No ha habido una mano que agarrar, un último beso, un adiós entre lágrimas. No hay siquiera un ritual de despedida, un acompañamiento de abrazos y pésames, de esos que a veces nos incomodan pero que ahora se sienten necesarios.
Recuerdo a Joan Didion contando en El año del pensamiento mágico, como un año después de la muerte de su marido, sus trajes seguían en el armario. Porque deshacerse de ellos, era como deshacerse de la posibilidad de la vuelta. Una vuelta que no iba a ser, y una realidad pendiente de ser aceptada. Camino de casa pienso en el duelo. En un duelo distinto, de pérdidas inasibles, de tiempos marcados por la premura, el miedo y la incomprensión. De culpas soterradas y aceptaciones imposibles. Queda mucho de pandemia todavía.
lunes, 6 de abril de 2020
Tiempo de pandemia: distancia (I)
Desde que comenzó el confinamiento, cuando voy a trabajar procuro aparcar un poco alejado del centro de trabajo. No a mucha distancia, nunca más de aproximadamente cien metros. A veces, al volver a casa hago lo mismo. Esa distancia, cuando termina la jornada, la recorro despacio, disfrutando del aire fresco en la cara después de haber respirado largos ratos con la mascarilla puesta. Es la distancia que mas disfruto.
Hay otras distancias que no me gustan aunque sean ahora totalmente necesarias. La que tomo cuando ausculto, la justa que me permita hacerlo bien, pero ya sin poner la mano en el hombro del paciente como hacía algunas veces para intentar rebajar la tensión del momento. La distancia brutal que supone hablarle a alguien parapetado tras una mascarilla, una pantalla protectora, unos guantes, una bata de plástico.. Mi postura calculada, de pie, las manos entrelazadas, intentando tocar solo lo imprescindible, emitiendo sonidos que intuyo un poco distorsionados. Una forma de atención despersonalizada y por ello mismo violenta que se intenta compensar con actitud amable y empática. Convierto la palabra en mi arma más eficaz para acortar esa distancia y confío en que se intuya mi sonrisa a veces en mi mirada.
Y están las distancias que acercan. Recibo mensajes de gente con la que hacía tiempo no hablaba, el contacto con la familia es más frecuente, incluso con la familia no tan cercana. Hablamos más entre vecinos, incluso de ventana a ventana, como antes, como toda la vida. Tengo la sensación de que las puertas están más abiertas, y que la distancia social recomendada acerca al mirarnos más a los ojos.
Hoy una amiga me preguntaba como lo llevo y me preguntaba si no decaía. Lo primero que me ha venido a la cabeza ha sido "distancia emocional". Como mecanismo de defensa. La jodida distancia emocional con la que lidiamos las personas que nos dedicamos a la sanidad. Toda mi carrera profesional con la duda de cuál será la distancia justa, la apropiada, la que haga que te sientan cercano, pero que no implique que te lleves los problemas de los pacientes contigo encima. La que pueda permitirte colgar junto con la bata todo lo emocional relacionado con mi trabajo. ¿Cómo de amplia o estrecha debería de ser esa distancia ahora? ¿Cómo se hace?
domingo, 5 de abril de 2020
Tiempo de pandemia: miedo
Un día de estas semanas pasadas, el pequeño, que está en la edad de los últimos años de primaria, dijo en la cena que el se reía últimamente mucho porque estaba nervioso. No se si quiso decir que tenía miedo. Supongo que a los que tenemos hijos, de una cierta edad nos asaltan dudas similares acerca de cómo estarán interiorizando todo lo que supone caos, confusión, excepcionalidad, información,...Dicen que los niños se adaptan mejor y dicen que es porque no tienen costumbre de anticipar el futuro ni de hacer tantas inferencias como hacemos los adultos.
Tiendo en general a hacer comentarios graciosos aunque espero no ser el graciosillo. Estos días eso se acompaña con una cierta tendencia a la verborrea cuando estoy en el trabajo y en las redes sociales, ...Será que soy como mi hijo, En casa no es así. Los días que tengo que trabajar viendo pacientes con sospecha de patología COVID estoy tenso y nervioso. No se si llamarlo miedo, creo que miedo no es pero por si acaso he aprendido algunos eufemismos o algunas alternativas para llamarlo: responsabilidad por hacer bien el trabajo, por intentar tener los protocolos importantes en la cabeza, por no exponerme demasiado al riesgo. También llamo al miedo precaución por no llevarme el virus a casa, por no caer enfermo....Hay miedo en casa por momentos. Un miedo controlado. Espero que ese miedo que dicen que a veces es bueno porque hace que vayas por la vida con más cuidado.
Veo miedo en las miradas de los pacientes cuando les dices que es conveniente que vayan al hospital. El hospital ahora mismo se ha convertido en la antesala de lo peor en el imaginario popular. Aparece el reparo a ir al lugar donde te puedes contagiar, cuando la sospecha razonada es que el virus ya está dentro de quien siente miedo a ir. Sabes que no es el miedo al ya imposible contagio el que avala esa reticencia, es otro miedo. Hay que hacer mucha pedagogía y explicar que el hospital es el lugar donde se hará una valoración más profunda que la nosotros podemos hacer. Veo miedo asociado a la fragilidad y a la soledad. Miedo en miradas de personas que habrán pasado por situaciones malas y peores pero que ahora se sienten muy indefensas. La principal medicina que podemos aportar estos días son palabras de consuelo y comprensión. Y siempre palabras de ánimo, de esas que tienen valor y no son gratuitas. En tiempos de miedo las palabras de consuelo y ánimo son de prescripción obligatoria.
jueves, 2 de abril de 2020
Tiempo de pandemia: saturación
Es muy poco el instrumental con el que trabajamos estos días: el fonendoscopio, el tensiómetro y el pulsioxímetro. Esas y los datos que nos cuentan y los signos que vemos al explorar son las herramientas con las que vamos a trabajar en una de las mayores pandemias que han ocurrido en el mundo. Siempre buscamos datos, objetivos, no sujetos a interpretación, que nos orienten en la actitud que tomar. Ahora mismo la saturación de oxígeno en sangre, que es el dato que nos da el pulsioxímetro, es una de las claves. Es la cifra que esperamos con cierta inquietud cuando lo ponemos en el dedo del paciente. Va camino de convertirse en un icono
No se cómo se mide la saturación de los equipos con los que trabajo. Uno, el de siempre, el del centro de salud, a los que echo de menos, y otro, el del equipo de atención especifico, por el que vamos rotando, y en el que nos vamos ensamblando enfermeras, médicos y personal no sanitario, y de mantenimiento (administrativos, personal de limpieza, ertzainas, taxistas, ..) Veo siempre caras sonrientes al empezar y satisfechas al terminar. Cansancio lógico y asumido. Conversaciones de anécdotas del día y esperanza en el futuro. Quizás en el centro de salud, les noto más cansados, están trabajando mermados de personal, quizás porque no les hacemos sentir lo importante que está siendo su labor de valoración telefónica para filtrar los pacientes que necesitan atención presencial. Pero en general, el pulsioxímetro da buenas cifras.
Saturación. Tres semanas semanas confinados, aislados, expuestos a noticias negativas un día tras otro, preocupados por el futuro personal, en la salud y en lo económico. Tiempo de convivencia sin alternativa que según pasa el tiempo más difícil se hace sobrellevar. Estos días el alimento de la paciencia es la esperanza, la necesidad de que todo el sacrificio tiene un sentido. Defendemos del virus nuestro territorio para dejarle sin espacio vital. Pero la saturación sube y en este caso, ese dato es negativo. Pero hay que pensar en los pulsioxímetros, en que cada buena cifra, justifica todo el esfuerzo que hacemos.
miércoles, 1 de abril de 2020
Tiempo de pandemia: Decidir
Me paso el día decidiendo. Y siempre he dicho que decidir es una de las cosas que más me cuesta. Decido por teléfono. Decido escudriñando lo que las personas me dicen por teléfono. Intento valorar cuánto de dato y cuánto de interpretación hay en ello. Me gustaría que todo fuera tan fácil como cumplimentar ítems de un formulario, pero no suele ser así. Decido mirando días de evolución, permanencia de los síntomas, valorando enfermedades previas....A veces agudizo el oído intentando percibir en el tono de voz o en el discurso fluido o entrecortado un matiz que me ayude. Decido cuándo le vamos a llamar de nuevo, o si voy a indicar que tiene que ser visto presencialmente porque el teléfono ya no nos vale. Decido qué palabras justas voy a utilizar para explicarle a alguien que igual tiene el virus, pero que igual no , pero que no se preocupe, pero que lo vamos hablando, ....Decido sudando, con cierta dificultad para respirar y con las gafas de protección empañadas. Decido si mando a alguien al hospital o no. Intento decidir con los síntomas, los signos, el tiempo de evolución y con toda la incertidumbre con la que trabajo en mi ámbito. Busco patrones de decisión que estos días se construyen, se revisan y se perfeccionan según vamos sabiendo cosas. Cosas de lo macro (estudios clínicos, ensayos, decisiones epidemiológicas o de logística ) y cosas de lo micro (las impresiones personales, los detalles y hasta los trucos para realizar mejor nuestro trabajo) Decido si puedo aguantar a un paciente en su casa y hasta cuándo aguanto, que estos días es la duda existencial. Intento dejar fuera la presión de saber que el hospital está colapsado, que no hay camas en la uci, que el enfermo y la familia quiere evitar el hospital a toda costa, los "pero yo no me encuentro tan mal" que oigo, ...Ya decido, cojo aire y voy a atender al siguiente.
Decido qué leo de todos los mensajes que me llegan, de todas las noticias que se publican. Decido cuál es el último protocolo, decido guiarme por el de mi equipo, y desecho otros aunque sean más bonitos. Decido aislarme del exceso de información porque es cierto que el exceso de información bloquea. Me quedo con las herramientas mentales necesarias e imprescindibles. Intento simplificar porque nada va a ser sencillo. Decido mis herramientas emocionales. Decido estar concentrado, cerrar la puerta a determinados pensamientos. Decido saludar con buen ánimo cuando entro a trabajar, y recordar de alguna manera a las personas con las que trabajo que somos un equipo.
Llego a casa. Decido si me tomo un agua con gas o una cerveza sin alcohol. Decido sentir que me lo he ganado.
martes, 31 de marzo de 2020
Tiempo de pandemia: Coche
Cada día subo a mi cápsula espacial y me lanzo a viajar por el espacio. Mi coche es la interfaz entre el mundo confinado y el mundo esencial. Dos mundos entre los que paso los días. Por las ventanas veo el espacio vacío, personas solitarias que deambulan por la calle, generalmente con una bolsa de compras o con un perro. A veces miro a otros coches de reojo. Veo conductores con la mascarilla puesta mientras conduce. ¿Se protegerán de ellos mismos?lunes, 30 de marzo de 2020
Tiempo de pandemia: Contagio
domingo, 29 de marzo de 2020
Tiempo de pandemia: Trazabilidad
Alguien, hace la trazabilidad de mi labor asistencial estos días. Lo sé porque he recibido un correo y una llamada en los que se me informa de número de pacientes con los que he estado en contacto y que tienen una prueba de detección de COVID positiva. Me lo dicen a efectos informativos, porque de ello, hasta el momento no se ha derivado ninguna decisión salvo la de que siga trabajando.No sé si se hacen otras "trazabilidades", aparte de la mía, y la del virus y los contactos posibles. No sé si se hace la trazabilidad del material de protección o diagnóstico que se dice comprado y que no llega, la de las empresas de China, con las que se acuerdan estas cosas o, al menos, si se hace la trazabilidad del recorrido por las neuronas del impulso nervioso que se concreta en una decisión o declaración de las personas que dirigen ésto.
Ahora, cada vez que voy a un domicilio, con mi bata de papel, mi delantal de plástico o mi mascarilla reutilizada, siento que no estoy solo. Y no me refiero a la (imprescindible y siempre necesaria) enfermera que me acompaña. Me refiero a la sensación de que alguien en los próximos días hará una línea imaginaria que irá esquivando o no puntos rojos. Esperaré una llamada en los próximos días para que pueda actualizar mi contador.
Mientras tanto, espero no tener que quedarme mucho tiempo en casa para no ser consciente de estar expuesto a la estupidez e hipocresía que la trazabilidad de acciones y decisiones de algunos de quienes están al mando dibuja a lo largo de los días.
sábado, 28 de marzo de 2020
Tiempo de pandemia: Soledad
Me estoy acostumbrando a ver la soledad. La veo en las calles vacías, sintiendo la fascinación de estar viviendo días excepcionales y siento más de una vez la atracción de alargar mi vuelta a casa pasando por las principales calles de la ciudad y observarla quieta, vacía, solitaria. No lo hago, por la prudencia y la responsabilidad del comportamiento cívico que debo tener, pero sobre todo, no lo hago por evitar la tristeza de la soledad no buscada.viernes, 27 de marzo de 2020
Tiempo de pandemia: Prisas
Hay poco tráfico estos días en la carretera. Algunos coches, camiones y furgonetas con logotipos de empresas de mantenimiento, construcción, fontanería....Estos días no tengo prisa. Como no hay atascos, salgo más tarde que nunca y llego tan pronto como acostumbraba. Llego a las rotondas donde suelo parar y ceder el paso y ahora tengo vía libre. Aun así, todos los días hay algún coche que me adelanta a bastante velocidad, como si fuera con prisas. Miro el salpicadero del coche y soy consciente de que voy despacio, como si no tuviera prisa por llegar al destino. El destino no es tan incierto como dicen. Tras mi viaje tranquilo me esperan decenas de llamadas, valoraciones clínicas, explicaciones, recomendaciones, cuidados, Voy despacio.sábado, 14 de marzo de 2020
Las barreras y el arte.
De todo lo visto esta semana me quedo con el momento en que un padre y su hija entraron a la consulta el otro día.El es sordomudo, y ella hace de interprete. Tiene siete años.
En uno de los lugares que él frecuenta ha habido alguna persona con un diagnostico de infección por coronavirus. El no sabe si le han llamado o le han notificado algo porque su deficiencia auditiva y verbal provoca que a veces se pierda llamadas. Todo ello me lo traduce Emma, la niña (de nombre ficticio).
Tras una llamada telefónica y después de una respuesta, amable, empática y resolutiva, la duda queda resuelta. No hay riesgo, Todo en orden. Entonces Emma fija su mirada en la mesa y me pregunta qué le puede pasar a ella si coge el virus. Su padre se da cuenta del momento y le dice a través de los gestos, que no llore, Ella no llora pero me mira, y por un momento, la niña deja de ser la adulta que ha sido y vuelve a ser una niña, Es una mirada con miedo, el miedo más autentico que he visto estos días. Un miedo inocente y desinteresado. Intento explicar, calmar, tranquilizar, y no se si hablarle a la niña o la adulta, No se si se tranquiliza pero desvía la mirada y me pregunta por unos post its de colores que tengo encima de la mesa. "¿Para qué sirve eso?" "Para apaciguar el miedo" pienso. Y se los regalo, Sonríe y me da las gracias varias veces y abandonan la consulta, más tranquilos de lo que han entrado.
Leo en casa La ciudad solitaria, de Olivia Laing, En el tercer capítulo habla de la soledad que puede provocar el lenguaje. Lo hace contando la historia de Andy Warhol, de su infancia, del origen de su familia eslovaca. La barrera del lenguaje que causa a veces vergüenza por sentirse excluido de la sociedad en la que vives. La barrea que incita a la soledad y la soledad que incita a vencer la barrera de la incomunicación buscando otros modos de expresarse. En el caso de Warhol fue el arte. Cuando leo me acuerdo de Emma y de su padre. Espero que en estos momentos donde los códigos y las normas sociales han cambiado radicalmente no se sientan demasiado solos e incomunicados.
Y pienso como tres mundos separados al inicio de ese momento, el sistema, la infancia y la deficiencia sensorial y física, han conseguido conectar y comunicarse. Gracias al arte de Emma, claro.
domingo, 27 de octubre de 2019
El médico artesano
Dice Richard Sennett que el artesano explora las dimensiones de habilidad, compromiso y juicio de una manera particular. Y pienso que me gustaría ser un médico artesano. Que mi habilidad, mi compromiso y mi juicio se perfeccionaran cada día en cada problema de salud que me plantearan mis pacientes. Que a mi trabajo lo guiara el compromiso por hacer una medicina de calidad, fundamentada en el conocimiento científico, en el respeto que produce entrar en la intimidad de personas que depositan su incertidumbre, miedo, confianza y esperanza en mí, en el interés en los detalles, en escuchar cada palabra sin que todo lo empape la ansiedad de la búsqueda del dato. Pero no es fácil.
Dice más cosas Sennet, cita a C. Wright Mills que escribe: "El trabajador con sentido artesanal se compromete en el trabajo por el trabajo mismo;las satisfacciones derivadas del trabajo cotidiano se conectan con el producto final; el trabajador puede controlar sus acciones en el trabajo: la habilidad se desarrolla con el proceso del trabajo; el trabajo se relaciona con la libertad para experimentar; por último, en el trabajo artesanal, familia, comunidad y política se miden en función de los patrones de satisfacción interior, de coherencia y de experimentación"
Pienso que también hay una medicina artesana que pretende hacer un sistema sanitario sostenible, con el respeto a los valores que lo crearon: accesibilidad, equidad, solidaridad, y el cuidado de lo común. Quiero pensar que en algún lugar hay un espacio para pensar y sentir lo que hacemos y para sentir la satisfacción del trabajo bien hecho.
Habla Sennet también del conflicto de patrones entre un trabajo artesanal y un trabajo medido en estándares de calidad y eficiencia y del debilitamiento de la motivación que dicho conflicto acarrea.
Se pregunta uno muchas veces en qué momento pasó de ser médico a ser un gestor de enfermedades y en qué cruce de caminos empezó la medicina a perderse en el laberinto de los formularios y los protocolos. Se pregunta uno si la solución no sería volver a ser médicos artesanos.
sábado, 29 de septiembre de 2018
Los platos
jueves, 4 de enero de 2018
El post no escrito.
Ninguno de los que se me ocurren me acaban de convencer del todo. Bien sea por la autocensura, por no escribir desde el cansancio y el enfado o por creer que no merece la pena, cada día cada post pasa de largo y se pierde en dónde sea.
Cada año todo es un poco peor y cada año las razones son más etéreas e impersonales. No existe la responsabilidad concreta, todo se enmaraña en razones sociológicas y organizativas varias. Se dice que se sabe, que se tiene en cuenta, se deslegitiman razones y quejas, se dice que se utiliza la anécdota para definir generalidades, y cuando la tensión sube se apela a razones monetarias.
Cuatro de Enero. Pienso que el enemigo está en casa. Lo se cuando miro y no lo veo. Lo se cuando se nota la ausencia y lo imagino, en el mejor de los casos, sentado en una mesa y cruzando los dedos para que todo pase cuanto antes. Y luego, dentro de unos días, recibiré un correo electrónico, compungido, agradeciendo los servicios prestados y haciéndome saber la solidaridad con mi cansancio y malestar. Será esa la señal que indique que dejamos de ser mercenarios de la salud y volvemos a ser ejecutores de planes, innovadores y salvadores, que eleven la calidad de la atención a la ciudadanía.
Todos los días se me ocurre un post Hoy tampoco lo escribiré. Lo dejaré pasar. Y cruzaré los dedos para que hoy tampoco haya pasado nada irreparable.
jueves, 30 de noviembre de 2017
Ahora lo entiendo mejor
"Ahora lo entiendo mejor" Mirando los garabatos hechos torpemente en la hoja en blanco no tenía yo muy claro que de allí se pudiera sacar nada en claro. Pero el caso es que bien porque la explicación le había permitido ordenar ideas o porque los dibujos eran feos pero didácticos decidió que sí, que operarse era la mejor opción. En pocos minutos hablamos de la sorpresa que sintió cuando le dijeron que tenía que operarse e ir pensando en la jubilación anticipada. Hay sorpresas que noquean. Las manos manchadas de la grasa del taller, imposible de quitar ni con jabón ni con serrín y agua como se hacía hace años. Lo que soy siempre ha sido lo que he trabajado y ahora, en un minuto me dicen que cierre, que vaya pensando en no volver. Desde que era un chaval. Y cuando se dio cuenta del silencio y levantó la mirada se encontró con una mirada impaciente detrás de la mesa. Dijo que operar no. Pero en casa le dijeron que se lo pensara, que lo consultara aquí, que igual hablando conmigo....Y lo miro. Lo miro desde un lugar ajeno a esa consulta e intento comprender todo lo que conlleva para él esa decisión. "¿Y cómo ves dejar el trabajo ahora? ¿En qué ocuparías los días? ¿Qué te gusta hacer?" Me dice su mujer que a ver que va a hacer ella con él en casa todo el día. Y ahora son sus ojos los que miran a algún lugar en un futuro en el que no quiere estar.
No hay mucho en su historial médico. No suele ir al médico. ¿Y para qué? ^¿Para que le digan que ya no vale? "Entonces pido cita otra vez y le digo que lo he pensado y que he decidido operarme. ¿no?"
sábado, 11 de noviembre de 2017
La recaída
Me avisó su marido un día que vino a la consulta:-Dice mi mujer que tiene que volver. Que no se le olvida, pero que no encuentra el momento.
-Dile que esté tranquila. le contesté, y que aquí le espero. Que baje cuando quiera. Sin problema.
Y en ese breve intercambio de frases quedaba expuesto el problema.
Maite estuvo acudiendo a la consulta durante un tiempo con el objetivo de bajar peso. En unos meses consiguió perder más de 12 kilos. Vivió contenta el proceso, ganó en confianza, autoestima, y aunque lo sabía tampoco parecía que para ella era lo más importante, en salud.
Las visitas eran breves: pesar, confirmar la buena evolución, algún que otro refuerzo positivo y estrategia para posibles dificultades futuras. Y hablar un poco de la vida. de su vida. Durante ese tiempo y en esas periódicas consultas. nos fuimos conociendo.
Perdió peso, su tensión arterial se normalizó, y espaciamos las visitas. Tanto las espaciamos que dejo de venir. Intuía yo un cierto agotamiento del proceso. Por un lado la bascula se estancó. Por otro, y esto era un pensamiento mío personal, se deslizaban una cierta sensación de que no todos los problemas se iban resolviendo según los kilos desaparecían. Llego época de vacaciones. Cierto acomodamiento mutuo.Fueran esas u otras las razones, Maite ya no volvió.
Ahora su marido me anunciaba el regreso e imaginaba a Maite con una mezcla de apuro, falta de confianza, incluso vergüenza, posponiendo con mil y una excusas la posibilidad de volver a la consulta. Si la idea era trabajar para perder peso, el problema no sería saber que hacer para conseguirlo. Trabajar esa sensación de culpa y derrota se convertía en la clave para volver a retomar una vida saludable.
Cada vez que perdemos el hilo de un trabajo de superación personal tendemos a vivirlo acompañado de una sensación de fracaso. Nos fijamos en el "otra vez no fui capaz" y no en el "durante un tiempo, lo conseguí" Recaer es algo consustancial a la vida, es parte de un proceso.Retomar los buenos hábitos aprovechando la experiencia del camino recorrido es un reto motivador. Porque "como pude, podré, y además soy más sabia."
Si algún día Maite aparece por consulta, tendremos que ser capaces de convencerla de ello.










