Hay una distancia inmensa entre un centro de salud y la organización de servicios que lo ampara. Tan inmensa que se siente uno desamparado. Y el desamparo genera desafección. Y la desafección, silencio. Y solo queda el silencio y asentir, como si eso fuera todo. Y siendo todo, no es nada. No hay nada de distancia entre un centro de salud y su organización de servicios. Lo que viene a significar que no hay nada. Están en mundos diferentes, en dimensiones inencontrables.
Hay una distancia inmensa, otra, entre el centro de salud y la comunidad a la que atiende. Somos un elemento extraño inserto en una población que trabaja y vive en un entorno que influye en su estado de salud y del que somos ajenos. Llegamos, pasamos consulta y nos vamos. Nos comen los números y nos alejamos de las personas. Las narrativas del barrio, que se gentrifica y desaparece, como mucho hacen que nos encojamos de hombros. No es cosa nuestra. Lo comunitario se ciñe a actividades prefabricadas, estandarizadas e impersonales. Lo mismo aquí y allá. Hay distancia más amplia que el metro y medio de grosor del muro que nos separa del mundo que nos rodea.
¿A qué distancia hay que ponerse para no quemarte? Te lo pregunto a ti, Asier. ¿La has encontrado ya? Nos movemos entre la auto protección gélida y el compromiso abrasador. ¿Podemos aspirar a considerarnos elementos de cambio o somos en cambio legitimadores de falsas promesas de los generadores de distancias? Sigo pensando en aquella conversación de la que nace esta entrada y desde entonces, las dudas han aumentado y las fuerzas para creer en las ilusiones que nos mueven parecen menguar.
Hay mucha distancia entre lo soñado y lo existente.
¿Seguimos? Seguimos
"Poco me importa dónde rompa mi estación
si cuando rompe, está rompiendo lo imposible"
Canto Arena
Silvio Rodríguez

No hay comentarios:
Publicar un comentario