Medicina Incierta
martes, 24 de febrero de 2026
Distancia (II)
sábado, 24 de enero de 2026
PACTOS
“Aquí está el médico al que siempre veré como la persona que
me dio esta mala noticia.” Después la disculpa y la broma para rebajar la
intensidad de lo dicho. Hacía unas semanas que tras una serie de síntomas leves
pero específicos se le había hecho una analítica urgente. Unos resultados
negativos precipitaron la petición de más pruebas que llevaron
al diagnóstico de una enfermedad fatal. La disculpa innecesaria tras la frase para
aligerar el peso de la sentencia: "Perdóname, pero espero que entiendas con el sentido que lo digo"
La intensidad de determinadas situaciones en una profesión que se caracteriza por la posibilidad siempre presente de la aparición de situaciones intensas. Esa intensidad que muchas veces damos por descontada. Característica de la práctica clínica que por cotidiana o por la búsqueda de refugio emocional, queda demasiadas veces desvalorizada.
Veo la serie “The Pitt”. En su primera temporada, hay una
escena en un box de un servicio de
urgencias frenético y colapsado en la que muere un paciente. El jefe de la guardia, les enseña
a los estudiantes, que cada vez que alguien muere, el personal guarda un
momento de silencio delante del fallecido. Es un silencio del que podrían
escribirse multitud de reflexiones, entre ellas, la de significar un momento grave,
por profundo, único, nada puede serlo más que la muerte, y sentido. Un silencio
que da significado y dota de unicidad a la situación. Un silencio que da valor
a una situación relativamente cotidiana en la práctica médica, sobre todo de un
servicio de urgencias hospitalarias. Un silencio que dice que no hay que huir
sino quedarse.
No hay culpa, ni peso en la frase. Hay vínculo. Vínculo y
pacto. Vínculo expresado en el significado de ser la persona que está presente
en un momento importante, único, y profundo de la vida de alguien. Vínculo
indisoluble.
Y pacto. El pacto implícito y explícito que desde que
establecemos este vínculo, te acompañaremos, te cuidaremos, te ayudaremos y seremos
depositarios de lo que tú decidas compartir con el equipo.
No hubo silencio en esa consulta. Hubo una conversación
sentados en una camilla, uno junto al otro, notando el contacto de un brazo
contra el otro. Un contacto físico a modo de firma de un pacto y un vínculo.
sábado, 13 de mayo de 2023
Permiso
Entrar en la historia clínica es entrar en un territorio íntimo del paciente. Miramos, ordenamos, cerramos episodios y dejamos otros abiertos. Con cada decisión vamos modelando una patobiografía. Cerramos los episodios banales para que no ocupen sitio en la pantalla y porque suponemos que tampoco han ocupado un espacio relevante en la vida de las personas. Cerramos y dejamos abiertos, sin permiso, definiendo una imagen al abrir la historia clínca que con otras decisiones otra sería.
Nos juntamos la enfermera y yo. Miramos las historias de pacientes con patológías crónicas. Pluripatológicos los llaman. Aquellos que necesitan más atención. Aquellos que a veces no la tienen. Aquellos que consumen y consumirán recursos sanitarios en el futuro. Seguimos listas de acciones, items y establecemos objetivos. El paciente no sabe nada. Sabrá. O no. "Tener que hacer" como forma de trabajo. Sin permiso. Más allá del "tiene que" hay un precipicio por el que se caen valores, acciones e intenciones. Se salva con el permiso como puente. El puente del "le importaría si...." Que suena a pudor, respeto y disculpa por permitirnos entrar en la intimidad de sus vidas.
viernes, 22 de enero de 2021
Tiempo de pandemia: Vacuna
(Es tiempo de pandemia. Tiempo de emociones y miradas intensas. El único objetivo de estas entradas es el de satisfacer una necesidad que a veces calificaría de terapéutica. Reflexiones y opiniones que le vienen a uno a la cabeza cuando la cabeza no para)
hasta cerrar el círculo. Cerrar el círculo para dejar dentro todo lo vivido.
Espero cerrar mi círculo pronto. Cerrar para no olvidar. Dejaré dentro el recuerdo de personas que ya no están porque no supimos, porque no sabíamos, ...de caras y miradas de miedo y preocupación. Dejaré la sensación extraña de estar separado del mundo por máscaras, pantallas, batas, doble guante. Dejaré la incomodidad apenas percibida, la concentración intensa en cada dato, en cada palabra, en cada forma de respirar.
Dejaré cada historia escuchada, la de las pérdidas, la de las curaciones, la de las secuelas. Me seguiré sintiendo depositario de cansancios, dificultades para respirar, dolores musculares. Nunca más el 37 será un número inocente, lo recordaré como la frontera que hace saltar el sistema cuando se supera. Dejaré cada ocasión en la que a través del teléfono me han preguntado que tal estaba, qué tal estaban los míos. Recordaré cada vez que me han dado ánimos, cada vez que me han dicho gracias, cada vez que me han dicho que las llamadas (esas a las que algunos no quieren dar valor) de cualquiera del equipo les aportaban tranquilidad y que les hacía sentirse cuidados.
Dejaré angustias y sensaciones de falta da aire. No las que provoca el virus, sino las que aparecen cuando alguien cercano se tambalea, cuando el trabajo peligra, cuando el negocio cierra. Dejaré noches ajenas sin dormir, dejaré las noticias que se decide no ver, dejaré la fragilidad. Y dejaré la convicción de creer en una medicina que tiene que acoger tanto a los relatos como a los datos. Porque estos meses lo han sido de relatos.
Dentro del círculo quedará el equipo, aquel en el que trabajo habitualmente y los que circunstancialmente se crearon al principio de la pandemia. Y haré extensivo el concepto de equipo a aquellos que parecían estar en la periferia pero son esenciales: personal de limpieza, taxistas, policías, servicios municipales. Dejaré dentro a mis compañeras enfermeras que han trabajado y trabajado y trabajado. Y trabajado. Y dejaré la sensación de sentirme orgullosos de esos equipos y de estar en la atención primaria, la que no tiene fotos impactantes, la que no brilla, la que siempre está ahí.
Dejaré la confusión, el sentirme perdido, el miedo de no estar a la altura, el miedo de llevar el miedo a casa, el miedo de no contagiar a los míos, el miedo a no contagiarme. Dejaré los altibajos de ánimo, la irritabilidad, la frustración, la impotencia. Dejaré los comportamientos inaceptables y los ejemplares. Me quedaré con la experiencia de haber transitado territorios de mí mismo en los que nunca antes había estado.
Y una vez cerrado el círculo con todo eso dentro, lo guardaré en un lugar en el que pueda mirarlo de vez en cuando. Intentando recordar, intentando comprender, intentando no olvidar que somos vulnerables. Intentando vivir.
Hoy ha sido un primer paso. Espero que llegue pronto a todo el mundo.
sábado, 18 de abril de 2020
Tiempo de pandemia: duelo
Ya todo parece más tranquilo. Teléfono sin parar y vuelven las cosas de siempre, los motivos de consulta aplazados. Estos días pasados parecen lejanos y pienso que es el efecto de vivir entre dos mundos paralelos, los dos que empiezan a ser cotidianos aunque espero que no sea así por mucho tiempo.Y entonces leo un nombre que ya no está aquí. Lo leo y el primer sentimiento es de desasosiego por volver a la prisa y la incertidumbre de días pasados. La familia quiere saber. Una familia que quiere saber, que no entiende, que necesita respuestas que yo no tengo. Hablo, y sobre todo, escucho. Escucho porque me doy cuenta de que es lo mejor que puedo hacer. "Aquello era un caos", me dicen, "no pudimos estar con él. Fue todo muy frío" Pienso en lo que me transmite ese tono de voz, en la lucha entre una correcta aceptación de las circunstancias y una acallada rebeldía. Una voz buscando culpables en un tiempo en el que todos eramos posibles víctimas.
"Todavía no nos han devuelto sus objetos personales" Y me cuenta lo duro que es eso. Y me quedo con esa frase e intento imaginar cómo tiene que ser no tener vínculo con la persona amada que ya no está. Lo etéreo de la muerte, que se convierte en una idea abstracta aplicada a un ser querido. No ha habido una mano que agarrar, un último beso, un adiós entre lágrimas. No hay siquiera un ritual de despedida, un acompañamiento de abrazos y pésames, de esos que a veces nos incomodan pero que ahora se sienten necesarios.
Recuerdo a Joan Didion contando en El año del pensamiento mágico, como un año después de la muerte de su marido, sus trajes seguían en el armario. Porque deshacerse de ellos, era como deshacerse de la posibilidad de la vuelta. Una vuelta que no iba a ser, y una realidad pendiente de ser aceptada. Camino de casa pienso en el duelo. En un duelo distinto, de pérdidas inasibles, de tiempos marcados por la premura, el miedo y la incomprensión. De culpas soterradas y aceptaciones imposibles. Queda mucho de pandemia todavía.
lunes, 6 de abril de 2020
Tiempo de pandemia: distancia (I)
Desde que comenzó el confinamiento, cuando voy a trabajar procuro aparcar un poco alejado del centro de trabajo. No a mucha distancia, nunca más de aproximadamente cien metros. A veces, al volver a casa hago lo mismo. Esa distancia, cuando termina la jornada, la recorro despacio, disfrutando del aire fresco en la cara después de haber respirado largos ratos con la mascarilla puesta. Es la distancia que mas disfruto.
Hay otras distancias que no me gustan aunque sean ahora totalmente necesarias. La que tomo cuando ausculto, la justa que me permita hacerlo bien, pero ya sin poner la mano en el hombro del paciente como hacía algunas veces para intentar rebajar la tensión del momento. La distancia brutal que supone hablarle a alguien parapetado tras una mascarilla, una pantalla protectora, unos guantes, una bata de plástico.. Mi postura calculada, de pie, las manos entrelazadas, intentando tocar solo lo imprescindible, emitiendo sonidos que intuyo un poco distorsionados. Una forma de atención despersonalizada y por ello mismo violenta que se intenta compensar con actitud amable y empática. Convierto la palabra en mi arma más eficaz para acortar esa distancia y confío en que se intuya mi sonrisa a veces en mi mirada.
Y están las distancias que acercan. Recibo mensajes de gente con la que hacía tiempo no hablaba, el contacto con la familia es más frecuente, incluso con la familia no tan cercana. Hablamos más entre vecinos, incluso de ventana a ventana, como antes, como toda la vida. Tengo la sensación de que las puertas están más abiertas, y que la distancia social recomendada acerca al mirarnos más a los ojos.
Hoy una amiga me preguntaba como lo llevo y me preguntaba si no decaía. Lo primero que me ha venido a la cabeza ha sido "distancia emocional". Como mecanismo de defensa. La jodida distancia emocional con la que lidiamos las personas que nos dedicamos a la sanidad. Toda mi carrera profesional con la duda de cuál será la distancia justa, la apropiada, la que haga que te sientan cercano, pero que no implique que te lleves los problemas de los pacientes contigo encima. La que pueda permitirte colgar junto con la bata todo lo emocional relacionado con mi trabajo. ¿Cómo de amplia o estrecha debería de ser esa distancia ahora? ¿Cómo se hace?
domingo, 5 de abril de 2020
Tiempo de pandemia: miedo
Un día de estas semanas pasadas, el pequeño, que está en la edad de los últimos años de primaria, dijo en la cena que el se reía últimamente mucho porque estaba nervioso. No se si quiso decir que tenía miedo. Supongo que a los que tenemos hijos, de una cierta edad nos asaltan dudas similares acerca de cómo estarán interiorizando todo lo que supone caos, confusión, excepcionalidad, información,...Dicen que los niños se adaptan mejor y dicen que es porque no tienen costumbre de anticipar el futuro ni de hacer tantas inferencias como hacemos los adultos.
Tiendo en general a hacer comentarios graciosos aunque espero no ser el graciosillo. Estos días eso se acompaña con una cierta tendencia a la verborrea cuando estoy en el trabajo y en las redes sociales, ...Será que soy como mi hijo, En casa no es así. Los días que tengo que trabajar viendo pacientes con sospecha de patología COVID estoy tenso y nervioso. No se si llamarlo miedo, creo que miedo no es pero por si acaso he aprendido algunos eufemismos o algunas alternativas para llamarlo: responsabilidad por hacer bien el trabajo, por intentar tener los protocolos importantes en la cabeza, por no exponerme demasiado al riesgo. También llamo al miedo precaución por no llevarme el virus a casa, por no caer enfermo....Hay miedo en casa por momentos. Un miedo controlado. Espero que ese miedo que dicen que a veces es bueno porque hace que vayas por la vida con más cuidado.
Veo miedo en las miradas de los pacientes cuando les dices que es conveniente que vayan al hospital. El hospital ahora mismo se ha convertido en la antesala de lo peor en el imaginario popular. Aparece el reparo a ir al lugar donde te puedes contagiar, cuando la sospecha razonada es que el virus ya está dentro de quien siente miedo a ir. Sabes que no es el miedo al ya imposible contagio el que avala esa reticencia, es otro miedo. Hay que hacer mucha pedagogía y explicar que el hospital es el lugar donde se hará una valoración más profunda que la nosotros podemos hacer. Veo miedo asociado a la fragilidad y a la soledad. Miedo en miradas de personas que habrán pasado por situaciones malas y peores pero que ahora se sienten muy indefensas. La principal medicina que podemos aportar estos días son palabras de consuelo y comprensión. Y siempre palabras de ánimo, de esas que tienen valor y no son gratuitas. En tiempos de miedo las palabras de consuelo y ánimo son de prescripción obligatoria.




